Jul 8, 2012

Se disfruta

5 de  julio  201

Fuente: Lectores Chapines

Tengo presente que dijeron mi nombre pero no tenía muy claro lo que tenía que hacer, aun siendo que no recuerdo haber sido el primero en pasar al frente de la clase. Colgado, al lado del pizarrón, estaba un juego de carteles con las mismas frases y dibujos de mi primer libro oficial de lectura: Pinocho. Imposible olvidar aquello de “Mi mamá me mima”, “Amo a mamá”.

La maestra, una señora ya de edad, apreciada y querida por compañeros y vecinos, porque tenía años de enseñar a muchos de aquel sector, señalaba con su larga regla de madera la primera sílaba, mientras su mirada firme me indicaba que algo tenía que hacer distinto a quedarme viéndola, casi petrificado. Al ver que yo no reaccionaba me preguntó que qué esperaba para leer. Vi el cartel y todo estaba muy claro, sabía muy bien lo que decía, pero no pude hablar. La presión de todas las miradas encima, que en realidad eran pocas, porque el colegio era pequeño, fue demasiada.

La maestra me mandó sentar, aunque sabía que yo podía leer, lo había hecho con ella en privado, por eso me había puesto en aquel grado. Escuché y vi las risas de mis compañeros mientras regresaba a mi lugar, pero no les puse mucha atención, de alguna forma, a pesar de no quedar bien parado con la actividad, me sentía orgulloso de saber que podía entender lo que aquel cartel decía.

Últimamente he podido observar, en varios pequeños, el gusto y la satisfacción que experimentan cuando logran comprender lo que las letras agrupadas quieren decir. Los veo leer cuánto pueden y preguntar por un sinfín de palabras, muchas veces acentuándolas incorrectamente, que no conocen, tal cual me pasaba a mí. Y, aunque entiendo que todos somos distintos, me inquieta saber cómo y cuándo se va, para muchos, perdiendo dicha satisfacción.

Varios me han dicho, como seguramente a muchos de quienes ahora me leen, que me felicitan y que admiran el buen hábito que tengo, yo creo que realmente no lo admiran, porque si lo hicieran harían por introducirse en este fantástico mundo que permite disfrutar de la imaginación, viajar a lugares imposibles de alcanzar de otra forma, conocer personajes muy particulares y de todo tipo, visualizar la vida desde otros puntos de vista, emocionarse y aprender, entre otras cosas.

Quizá es que piensen que hay que tener mucha preparación o conocer mucho para entender las historias y los trasfondos de ellas, pero no es así. No es necesario conocer de muchos temas, expresarse con palabras rimbombantes o mantener alguna especie de postura de erudito. Al final del libro se tiene toda la libertad de decir si gustó o no y con eso basta, aunque, de seguir con la práctica, llega uno a sentirse lo suficientemente seguro como para calificarlos de buenos o malos, o incluso compartir o escribir reseñas sobre ellos.

La lectura es un gusto y como tal no hay mucho mérito en dedicarle tiempo, porque, por ejemplo, no suele felicitarse a quienes dedican mucho del propio a ver películas. Leer lo hacemos porque nos gusta y lo disfrutamos, o al menos así debería de ser. Los beneficios que se obtienen de ella son un agregado muy valioso.

Qué fantástico regalo es que le enseñen a uno a leer. Y es muy agradable recordar aquellas primeras experiencias con la lectura.

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