Oct 18, 2012

Matices de segregación

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18 de octubre 2012

Por Bruno Peron Loureiro

Las desigualdades se convierten en segregaciones que dificultan la tarea de los formuladores de políticas públicas y de los idealizadores de convivencia en la diversidad (como aquella de “unidad en la diversidad”). De una época en que se podían reducir los factores desigualadores con estrategias macroeconómicas y macrosociales, llegamos a otra en que se hace necesario pensar en los niveles de integración antrópíca, tales como la relación entre cultura y desarrollo. Sugiero por lo tanto algo más que sólo pensar en lo “social” al proponer acciones políticas.

Las ciudades latinoamericanas comprenden el mayor ejemplo de paroxismo de las contradicciones de las ex metrópolis, que tampoco pierden de lejos en negligencia humana. Insistimos en aplicar aquí medidas que no se dieron allá. Las segregaciones urbanas son una forma de evitar el contacto directo entre desiguales (enjaulamiento de las casas, refugio en condominios cerrados, carros blindados y con vidrios siempre cerrados en los semáforos, precios altos de entrada a los eventos, preferencia por la gastronomía internacional a los restaurantes de comida casera, etc.).

A su vez, las áreas urbanas europeas no segregan menos. A despecho de que las repetitivas y triviales casas inglesas de estilo victoriano prácticamente prescinden de portones altos porque hasta ahora no los necesitan, las personas se ignoran en las calles de Londres. En el transporte público casi todos se distraen en sus cápsulas privadas (periódicos, celulares, tabletas, laptops, MP3 y teléfonos con auriculares). Así, el término “sorry“ deja de ser solamente un pedido de disculpas y pasa a ser una herramienta de “grupos étnicos”  para quebrar el clima de indiferencia.

Una de las desconformidades entre América Latina y Europa en ese asunto es que en la nuestra la segregación es preponderantemente objetiva, mientras que es subjetiva en el continente europeo. Varía también el grado por el cual la razón la segregación se condiciona en cada lugar geográfico. Ambas tienen en común lo rudimentario de desconocer principios de hermandad y modos de vida comunitarios que ofrezcan alternativas al individualismo.

El mundo digital no escapa a los matices de segregación: velocidades mayores o menores de acceso a Internet de acuerdo con la renta familiar y la disponibilidad de banda ancha en el barrio, reducción de la privacidad de usuarios por el acceso de terceros a su historial de navegación (cookies) y la posterior publicidad dirigida, uso de señales para acceder a contenidos comerciales y grupos de amigos que no aceptan curiosos desconocidos en su redes antisociales. 

Las sociedades modernas testimonian la reducción del contacto directo entre personas y el aumento de eficiencia en la satisfacción de necesidades básicas. Grandes redes de supermercados en Inglaterra invierten en el sistema de cajas “self-checkout” en el que el consumidor hace sus compras sin intercambiar necesariamente una mirada o una palabra con nadie. Tampoco importa la consecuencia inmediata de la reducción de empleos en este sector de servicio.

El sociólogo francés Pierre Bourdieu descubrió durante sus estudios que el conocimiento de las artes y de las ciencias se democratizan apenas formalmente por medio de políticas que amplían el acceso al consumo de todos, mientras que pocos tienen la capacidad de interpretar los significados complejos del “capital simbólico” al cual acceden, por ejemplo en una exposición de Artes Plásticas, un Salón de Historietas o una feria científica. Por lo tanto la cultura y la educación no se democratizan tan fácilmente en la práctica cuando, para la consumación de este proceso es preciso que el receptor tenga alguna preparación previa. 

Por esta razón resulta extraño que el programa federal de Vale Cultura fomente el consumo de Cultura por las clases trabajadoras en Brasil sin darles la posibilidad de saber  lo que están haciendo y porque deben hacerlo, o hasta de generar sus productos culturales propios. Escribo Cultura a propósito con mayúscula porque la Banda de la Cultura de los despachos gubernamentales ve pocas alternativas de “aculturación” de los sectores populares más allá de ir al teatro, a salones artísticos de elite o al último film del Hombre Murciélago en el cine. 

Ante esta mezcla entre segregaciones sociales, virtuales y de consumo cultural, las soluciones deben ser matizadas y meticulosamente planeadas. De lo contrario tendríamos algunas décadas más de desarrollo latinoamericano a la deriva en la realización humana de la convivencia.

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