Desde el principio, todos son inocentes, siempre. Los acusados por cualquier tipo de delito que llegan ante el Sistema de Justicia guatemalteco repiten y defienden –con uñas y dientes– su inocencia, incluso si durante su primera declaración, durante un juicio en su contra, durante cada fase del proceso judicial, las pruebas y testimonios de la investigación indiquen lo contrario. “Soy inocente”, dicen como parte de su derecho hasta que se pueda demostrar su culpabilidad. No hay otra alternativa. Y los tiempos para cada caso se tornan infinitos, colapsando las agendas de jueces y magistrados.